Antillas.imagenEl lema que ha acompañado el curso escolar que estamos a punto de terminar ha sido “Lasallistas sin Fronteras”. Como bien sabemos, éste fue acuñado por el Consejo General y más que un slogan, ha querido ser una invitación a estrechar lazos fraternos una vez que se han roto las fronteras del corazón.

Y es que últimamente las fronteras tienen muy mala prensa, porque se van convirtiendo, cada vez más, en espacios de separación y exclusión. Las fronteras son, en demasiadas ocasiones, el muro, la alambrada, el obstáculo o la barrera natural que amenaza con la muerte a quien intente salvarla. Fronteras es el muro imaginado o el muro construido. Frontera es lo que nos separa a “nosotros” de “ellos”, lo que divide el mundo en míos y ajenos.

Cuanto más incomunicados queremos estar, más fronteras ponemos. Miramos, por ejemplo, a Europa y la vemos empeñada en recuperar límites, demarcaciones, áreas de exclusión, hasta el punto de asistir al desmoronamiento del sueño europeo porque un país como el Reino Unido no acepta tener sus fronteras abiertas por más tiempo. Sin ir más lejos, vemos a los Estados Unidos amenazando con reforzar sus fronteras hasta volverlas infranqueables. Sí, definitivamente parece que la frontera es el límite último, más allá de lo que no se puede o no se debe cruzar.

Sin embargo, a veces creo que la frontera es también, o podría ser, justo lo contrario. El lugar del encuentro; el lugar donde, si no nos tememos ni nos rechazamos, podemos encontrarnos para compartir lo que nos diferencia. Durante siglos, muchos puestos fronterizos se han convertido también en enclaves donde crecían ciudades mestizas, visitadas por habitantes de ambos lados de la frontera, deseosos de intercambiar productos, asomarse a lo que era diferente, aprender una manera nueva de hacer las cosas, poner un pie en la tierra lejana. Así entendida, la frontera es espacio de aprendizaje, de mezcla y de enriquecimiento mutuo.

Por eso creo que la primera frontera somos cada uno de nosotros. Nosotros somos el primer límite con los otros. Y nos podemos convertir en lugar de separación o de encuentro, de exclusión o de apertura; podemos encerrarnos en una armadura invisible que nos aísle o arriesgarnos al abrazo y a la comunión. Sí, cada una, cada uno de nosotros somos frontera y punto de encuentro; muro o puente tendido; fuerte y baluarte aislado o casa abierta. Y justo ahí, en cómo resolvamos estos dilemas, nos jugamos definitivamente nuestro ser o no Lasallistas sin fronteras.

H. Roberto Medina L. Anaya
Universidad La Salle México

 

Fronteras


José María Rodríguez Olaizola, sj.
Donde acaba la seguridad y empieza el vértigo,
allí, justo allí, tu mano tendida, invitándome a cruzar.

Donde acaba el ruido y empieza la soledad,
allí, justo allí, tu palabra, protegiéndome.

Donde acaba el egoísmo y empieza la justicia,
allí, justo allí, tu compasión, transformando la mirada.

Donde acaba la nostalgia y empieza el futuro,
allí, justo allí, la esperanza.

Donde acaban las heridas y empiezan las cicatrices,
allí, justo allí, la ternura que nos sana.

Donde acaba la memoria y empieza el olvido,
allí, justo allí, lo eterno, defendiéndonos de la ingratitud.

Donde acaba la risa y comienza el llanto,
allí, justo allí, la caricia. Y el llanto es de alivio.

Donde acaba la fiesta y empieza la rutina,
allí, justo allí, la música de dentro.

Donde acaba la noche y empieza el día,
allí, justo allí, tu amanecer.

Donde acaba la fuerza y empieza la debilidad,
allí, justo allí, un trozo de pan.

Donde acaba la rabia y empieza la paz,
allí, justo allí, tu abrazo.

 

 

 

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