01 Reflexion Lasallistas de Corazon casa comunReflexión Lasallistas de Corazón: Hacia una Conciencia Social Ecológica.

Por: El Hno. Carlos Gómez, Visitador Provincial del Distrito Lasallista de Bogotá.

San Juan Bautista de La Salle siempre tuvo algunos referentes fundamentales en su concepción de la misión y su propuesta para el Instituto: impresionarse por las realidades del contexto, el poder de la educación para transformar, y la presencia de Dios en la historia, las personas, y las situaciones de la época. Ciertamente no habló de Ecología ni desarrolló temas específicos que pudiéramos entender hoy como una premonición sobre las crisis ecológicas del presente. 

Su concepción del papel de la educación y nuestra tradición sí nos impelen a comprometernos con la “Ecología Integral” y hacerla parte esencial de nuestros proyectos educativos y misionales. Son muchas las posibilidades de convertirnos en referentes de propuestas educativas para la “ciudadanía ecológica” (LS, 211). El papa Francisco, en Laudato Si’, de entrada, propone una educación en el contexto de las realidades de una “Casa Común” degradada, irrespetada, sobrexplotada, y poco cuidada.

 Así, conviene recordar que:

“si se quiere conseguir cambios profundos, hay que tener presente que los paradigmas del pensamiento realmente influyen los comportamientos. La educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad, y la relación con la naturaleza” (LS, 215) 

El papa Francisco va más allá, hasta plantear el tema del “amor civil y político” indispensable para construir la sociedad; al punto de plantear una espiritualidad ecológica y un llamado a la conversión interior profunda porque es desde el fondo del corazón que puede surgir un cambio en las actitudes, en el criterio para ponderar las consecuencias ecológicas de las decisiones personales y políticas, y que la única Tierra que conocemos clama por el respeto a la humanidad y de la humanidad a la “casa común”.

El currículum, las prácticas cotidianas, los contenidos, el estudio de la historia y la geografía, la defensa de la biodiversidad y la vida humana, los modelos sostenibles que sustentan la economía de la institución educativa, las decisiones de compras y consumos, el conocimiento de los espacios geográficos, la contemplación del paisaje, y muchas cosas más encuentran en la educación lasallista un espacio único para crecer en la consciencia del papel que todos jugamos en la protección del medio ambiente, de la responsabilidad intrínseca de todas las decisiones sociales y personales, y que toda acción, por pequeña que parezca, puede tener efectos devastadores o constructores de la Casa Común.

Ciertamente, el tema ecológico atraviesa toda la vida del proyecto educativo-pastoral, sus relaciones, propuestas, actividades, criterios de calidad, relaciones e intencionalidades: su práctica real.

Debemos pensarnos como escuelas y universidades que forman seres humanos para vivir otros estilos de vida alternativos a las lógicas de la dominación, del consumo desmedido y depredador, del irrespeto por la vida, de la ambición y el egoísmo destructor. Cambios que irán propiciando transformaciones culturales que generen otras lógicas sociales, “un nuevo comienzo”, como lo dice Francisco.

En síntesis, caminar hacia una nueva conciencia ecológica en perspectiva integral que toca la vida, que la transforma, que nos relaciona de una manera diferente con la “Casa Común” de la que somos responsables, cuidadores, y defensores, y en la cual podemos vivir una nueva relación con Dios, con los hermanos, y con la sociedad.

El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: «Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción». En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica. (L.S., 231)

 

 

 

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